Laperipar de Motril: 40 años después del horror social


La sensación es complicada de explicar, sobre todo para los que no tienen ningún recuerdo visual del lugar. Pero yo ayer mismo entré en lo que parece un descampado abandonado, cubierto de broza y rodeado de un murallón decrépito en el que aún se adivinan los colores que sus habitantes dieron a aquellos -literalmente- establos donde vivían.

Pensé en la recreación romántica del Portal de Belén, pero no hubiese tenido la historia del Nacimiento mejor escenario que Laperipar de Motril, el lugar donde se consumó el mayor horror social de la historia contemporánea de la ciudad y cuyo punto y final acaeció hace ahora casi cuarenta años.

¿Pero alguien es capaz de recordar esta “efemérides”?. Yo sí. ¿Por qué?. Porque, simplemente, no hemos aprendido nada.

Los jóvenes que nacieron en los noventa no tuvieron más referencia de “aquello” que alguna anécdota contada en familia. Pero yo si quiero contárosla, porque (fijaos) parece que el devenir de las décadas posteriores ha condenado a este lugar, que es el pórtico urbano del barrio de El Varadero, en un enclave maldito en el que no se ha levantado ni una casa, ni un bloque de viviendas, ni un jardín, ni un aparcamiento... todo sigue igual desde que un tractor demoliese aquel monumental falansterio que simbolizó el triunfo de la miseria más absoluta sobre la conciencia de una ciudad. Y sí, la ciudad lo consintió, lo asumió como un peaje a la modernidad que acariciaba el Motril de los setenta y ochenta, e incluso maquilló el nombre de Laperipar transformándolo en “Aperi-Park”, para que sonase gracioso, ocurrente y simpático, el nombre del mayor escaparate del fracaso social que ha conocido este pueblo durante todo el siglo XX.

Originariamente fue un apero (de ahí su pristína denominación) destinado, como tantos otros de Motril, a acoger las familias temporeras que llegaban a la ciudad durante la campaña de la Caña de Azúcar. Las estancias eran pequeñas, casi cuartuchos, donde las familias habitaban los cuarenta o cincuenta días de la zafra anual. Gente humilde, trabajadora de campos y de sueños, que llegaban en familias enteras desde La Alpujarra, Jaén o mucho más “arriba”. La decadencia de este modo de trabajo de los temporeros dejó desocupadas las destartaladas casuchas que formaban toda una manzana con un gran espacio central de tierra, tal y como hoy se puede observar.

Sin embargo, aquel desahucio provocado por el cambio en los usos agrícolas dejó Laperipar sin dueño ni control, ocupándose paulatinamente por las familias más pobres de la zona, que convirtieron aquello en un barrio dentro de otro barrio.

Y ahí comenzó la tragedia de la que, aún hoy, deberíamos avergonzarnos.

Durante toda la década de los 70 y 80, el modo de vida de sus habitantes degeneró hasta lo inconcebible ya incluso en aquellos años. Sin luz, agua corriente, saneamiento... las familias se multiplicaron en número inversamente proporcional a la capacidad de aquella gente para salir adelante. Laperipar fue un monstruo que engulló a una generación entera de niños y niñas que corrían y jugaban desnudos (incluso en pleno invierno) sobre un terreno siempre anegado de charcos infectos, comidos de moscas y de mierda. Sí, mierda.

Nunca voy a olvidar la imagen de un crío de seis o siete años subido a un carricoche oxidado con la “gurrinilla” al aire y firmando, con su inocente juego, toda una sentencia de muerte para su futuro.

El demencial escenario de la miseria más absoluta chocaba con la pujanza de una ciudad que, en la recién estrenada etapa democrática, intentaba dignificar un casco urbano en el que incluso sus grandes avenidas eran de tierra prensada, carecía de un alumbrado en condiciones y no había saneamiento en más del 80% de sus calles (sí, así era). ¿Quien, entonces, iba a preocuparse de Laperipar?

Más aún, frente al dolor que muchos motrileños exhibían ante aquel escarnio social, otros muchos consintieron por condescendencia ese atentado brutal contra los derechos humanos de un centenar de personas; prueba de ello era el vergonzoso espectáculo que ofrecía el autobús urbano que conectaba la ciudad con la playa y que tenía parada frente a aquel estercolero donde vivían personas. Durante los veranos, una Alsina atestada de gente ofrecía a propios y extraños la visión real del inframundo a las puertas de la zona más turística del municipio. Los extranjeros hacían fotos de los críos que, con toda su bendita y maravillosa inocencia (ajenos a su miseria absoluta, a su condena de por vida) sonreían con las caras negras de churretes bajo aquellas llamativas cabezas de pelos rubios comidos de mierda y piojos.

No hubo nunca ángeles de Belén tan preciosos como aquellos críos que se revolcaban como puercos en el barro del lugar más asqueroso de Motril. Pero a pesar de las costras renegridas, ellos siempre irradiaban luz para cubrir la oscuridad de la culpa colectiva por consentir aquello.

Nunca tuvieron cole, ni fiesta de cumpleaños, ni ropa, ni más bicis que las que otros niños tiraban a la basura, ni navidades...

Con todo, la presión de un sector de la población y la decisión firme del propio ayuntamiento acabó con Laperipar a mediados de los ochenta. No voy a entrar en la solución que se arbitró para ello, porque para opinar sobre esto habría que estar en el pellejo de quienes gobernaban una ciudad con 40.000 habitantes, sin apenas presupuesto municipal y con unos servicios sociales aún en ciernes. Crear nuevos guetos urbanos fue el mayor de los errores, pero -repito- yo no soy ni nadie ni quien deba echar leña sobre ello.

Ahora pienso, y mucho, en los profesionales de los actuales Servicios Sociales (antes denominados comunitarios), y estoy seguro que ninguno de ellos consentiría hoy una aberración como la permitida, por activa y por pasiva, durante los años en que Laperipar fue el lugar donde Motril perdía su nombre y donde la muerte montaba guardia, cada noche, esperando cercenar vidas que valían menos que las de los perros callejeros que pululaban sin control por los barrios de esta ciudad. Sinceramente admiro a los trabajadores sociales, psicólogos, educadores, animadores, juristas y el largo etcétera de cuantos se dedican, día tras día a trabajar codo con codo con la población marginal, porque a ellos y sólo a ellos les debemos que esto no se nos haya ido de las manos, como ocurrió en los setenta...


Como ocurrió en el infierno de la miseria que existía al borde del Puerto de Motril.
Como ocurrió en los charcos donde se bañaban aquellos niños de barriguitas siempre hinchadas y que llevaban, siempre, las mocarreras verdes colgando.


No hubo, nunca, otro lugar tan espantoso. Tan cruel... pero a la vez donde la naturaleza humana se mostrase tan hermosa, sencilla y ejemplar; quizá porque los pobres, pero los pobres de verdad... jamás perdían la sonrisa. Menuda lección nos estaban dando a todos. A mí me la dieron y, por eso mismo, no olvidaré jamás a la gente, pero sobre todo a los niños de Laperipar.

Comentarios

  1. Totalmente de acuerdo contigo. Yo también sentía y vi como tu este lugar. Yo incluso se de algunas historias que le ocurrieron a algunos de esos niños y niñas.
    Gracias por el artículo y espero la gente joven y no tan joven, no olviden este lugar.

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  2. Es interesante parte de todo lo que dices, pero haciendo crítica creo que has pasado por alto la falta de respeto con la que menciones a aquella gente, gente que vivió allí, muy honrada y humilde, gente de "la mar" de la que formo parte. Es fácil describir desde fuera sin haber sentido lo que había dentro, creo que no te has documentado lo suficiente o no te has parado a hablar o indagar con la gente q vivió allí. Entiendo tu crítica pero menosprecia el sentir y el vivir de aquellas personas que pintas en tu discurso como si fuesen ratas de alcantarilla (piojos, mierda, estercolero...). La empatía y el respeto por aquella gente brilla por su ausencia aunque con la condescendencia que utilizas en determinados puntos del texto quieras maquillarlo. Te habla una Educadora Social

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