miércoles, 6 de junio de 2018

Bofetada a mano abierta

Foto: Counselling (Cape Town/South Africa)



¡Es que a mi padre no lo veo mucho!.

Con cincuenta y tantos (muy tantos) el hombre está harto (muy harto) de que no se molesten ni en leerle no ya el curriculum, sino una simple solicitud de trabajo.
La precariedad es la norma de su día a día laboral. El miedo su ya eterno compañero y la humillación es como una nube sucia que camina a su mismo compás y sobre su cabeza.

¡Es que mi padre llega muy tarde!

Que un crío, apenas adolescente, haya terminado por digerir esta común tragedia familiar es algo indecente y vergonzante para toda la sociedad. Y no olvidemos que estamos en un Estado de Derecho. Ese Estado de Derecho que muchos defendemos porque nos hemos instruido en sus normas, formado en su poso de fortaleza histórica y porque nos metimos entre pecho y espalda los fundamentos mismos del Derecho Natural, donde se encuentra la esencia misma de la justicia. Pero yo mismo, ayer, lo puse todo en tela de juicio...

¡Mi padre no gana mucho, pero es lo único que hay y no puede dejarlo porque no va a encontrar otra cosa. Dice que se tiene que conformar con eso... por nosotros!

A saber qué se pasará por la cabeza del padre cuando llegue, cada noche, y el chaval esté en el séptimo sueño. Pero el chaval no es tonto, al contrario. Ha convertido la renuncia a las cosas y disfrutes más elementales (que deberían ser irrenunciables a cierta edad) en algo normal y lógico; porque sabe perfectamente qué pasa y qué puede pasar (a peor, lógicamente) en casa. Eso implica NO a salidas, NO a viajes de estudios, NO a celebraciones de compañeros. NO y NO. Lo de apretarse el cinturón no es una metáfora, es un estilo de vida para él y muchas familias... algunas de ellas viven cerca de vosotros, en la puerta de al lado... pero jamás lo sabréis.

“Mi padre lo hace muy bien todo... se merece una oportunidad y un trabajo de verdad, no uno como el que tiene”

¿Os suena a algo?. El día entero, enterito. Sin descansos (tal vez renunció a ellos porque no puede permitirse ese lujo). No hace falta mucho para entrever que ni el sueldo va en consonancia con tamaño sacrificio ni la dignidad personal puede levantar cabeza más de dos centímetros por encima del suelo. Siempre me llamó la atención cómo, en Madrid, muchísimos bares y restaurantes emblemáticos son atendidos por camareros y maîtres cuya media de edad supera, y con creces, los cincuenta y tantos (y muchos tantos). Profesionales como la copa de un pino cuya experiencia, educación y mano izquierda mantienen el listón muy alto en esos negocios, a los que dan relumbrón y caché con su sola presencia. Pero a Fermín (le pongo mi nombre, pero es otro lógicamente) le da vergüenza pedir trabajo en otros trabajos, harto ya de las miradas inquisitivas y/o despectivas.

Mi padre... ¡pero no se lo contéis a nadie!

Pero yo si me enteré. Porque la franqueza juvenil es apabullante y ruidosa frente al silencio cómplice de una sociedad que ensalza a los políticos corruptos, al igual que lo hizo hace siglos aplaudiendo a los responsables de la Santa Inquisición, que dieron muerte a miles de inocentes. Somos cooperadores necesarios de la injusticia social, cómplices dolosos del desprecio a las personas sencillas y trabajadoras. Pero yo no me callo. Lo cuento porque desde que llegó a mis oídos esta historia, que me sentó como una bofetada a mano abierta, no paro de maldecir al sistema y a todos los que han negado y están negando a Fermín (digamos que se llama así) el pasado, el presente y el futuro de él y de toda su familia. No todos son así, y buena fe que doy personalmente de ello, pero este país está lleno de empresarios con muy buena cabeza aunque con el corazón del calibre de una aceituna.

“Mi padre... bueno, mi padre es mi héroe”.


jueves, 15 de febrero de 2018

Por todos los niños muertos

Foto: campo de concentración de Dachau. Con autorización.

Tres cuartos de siglo después, hemos pasado del horror al silencio. O, lo que es peor, al entierro de la historia... y a otro bollo.
Me relató una profesora que unos padres le habían "llamado la atención" porque les contó a los escolares una mínima, ínfima, parte de lo que ocurrió antes y durante el holocausto. Se ve que el espanto de los alumnos no tuvo que ser plato del agrado de ese tipo de padres que prefieren esconder a sus hijos ese lado oscuro y terrorífico de la humanidad, que desemboca en exterminios como el que acaeció en Europa durante la II Guerra Mundial, por mor de una Alemania convertida en un inmenso navío de la muerte, capitaneado por un tipejo medio eunuco que -como todos los tipejos medio eunucos- acaba convertido en líder de un estado cubierto por la bandera nazi.
Mucho más espantoso aún es que la inmensa mayoría de los niños y jóvenes españoles no tengan ni la más remota idea de que, nada más que en el siglo XX se han cometido decenas de abominables genocidios al amparo de la colonización, la evangelización o (como el caso que nos ocupa) la depuración de la especie humana para alzar a la raza aria al podio del poder supremo mundial.
"La vida es bella" o "El pijama de rayas" con ser películas de una factura bellísima y al mismo tiempo de una carga emocional brutal, no dejan de ser el cuento de Blancanieves frente a la verdadera historia del asesinato atroz de más de seis millones de personas, de las que más de un millón fueron niños... sí, niños. Como los nuestros.
Confieso que hay filmes mucho más desgarradores; tanto que alguno no he sido capaz de verlo hasta el final. Imágenes en blanco y negro que deberían ser vistas por nuestras más edulcoradas generaciones. Si no saben lo que hubo, jamás estarán preparadas para afrontar el nuevo horror que llegará el día en que, desencantados de la realidad, voten y encumbren al primer imbécil que traiga bajo el sobaco un ideario monstruoso.

Si os da miedo la verdad de la historia no continuéis leyendo.

¿Alguno de vosotros ha contado a vuestros hijos cómo los tenían meses, años, sometidos a trabajos forzados, los arrancaban de sus padres, les partían los huesos a garrotazos, los empujaban en cueros a las cámaras de gas y luego los quemaban (¡Dios!) en algunos casos aún vivos... (esto no me lo estoy inventando).
Hoy, los países anfitriones del peor exterminio de la humanidad se empeñan en que la historia vaya pasando rapidito (hasta Polonia está echando el culo fuera en lo que se refiere a su parte alicuota en el holocausto). En España, como somos aún más complacientes con los horrores del pasado, no les contamos a los niños que otros niños -como ellos- se gastaron sus piececillos andando desde Málaga a Almería, en aquella maratón de la muerte que hoy conocemos como "La desbandá", en medio de un invierno atroz (no contaré lo de los ahogados intentando salvar el espantoso río Guadalfeo, en la costa de Granada), atosigados por los bombardeos desde aire y mar... mientras veían a sus padres pelear con otros padres por la carne de los animales muertos esparcidos por los barrancos.

Ese fue nuestro viejo continente, nuestro país, nuestra región y nuestros pueblos hace... nada, un par de días. Y no sólo lo hemos olvidado, sino que hay quien ya comienza a cuestionar la veracidad de los exterminios masivos que arrasaron todo lo que hoy conocemos con más virulencia y horror que la peste del siglo XVI.
No digo con ello que haya ni que instruir, ni que asustar ni acobardar a nuestras jóvenes generaciones; pero la asignatura de LA VERDAD hace mucho tiempo que quedó fuera de los planteamientos curriculares y si no fuera por la valentía de los profesores, de los padres, que aún se atreven a que sus hijos sepan una mínima, pequeñita parte de lo que pasó, estaríamos estudiando nada más que la historia feliz de los teletubbies.
Siento... o mejor dicho no siento todo lo que os acabo de soltar.
Y no olvidéis, no olvidéis jamás, a ese millón de niños muertos y a los que hoy en día (más inexplicablemente aún) continúan siendo masacrados.